Esta hermosa autobiografía intelectual incluye reflexiones acerca del fin del comunismo la memoria de los campos de exterminio la experiencia del totalitarismo y el aprendizaje de la democracia. Todos estos temas cobran una nueva dimensión cuando surgen de la pluma de Todorov. El hombre desarraigado arrancado de su marco de su medio de su país sufre al principio pues es más agradable vivir entre los suyos. Sin embargo, puede sacar provecho de su experiencia. Aprende a dejar de confundir lo real con lo ideal la cultura con la naturaleza. Pero si el hombre desplazado logra superar el resentimiento nacido del desprecio o de la hostilidad de sus huéspedes descubre la curiosidad y aprende la tolerancia. Su presencia entre los autóctonos ejerce a su vez un efecto desarraigante: al perturbar sus costumbres al desconcertar por su comportamiento y sus juicios puede ayudar a algunos de entre ellos a adentrarse en esta misma vía de desapego hacia lo convenido una vía de interrogación y de asombro. Mi traslado de un país a otro me enseno a la vez lo relativo y lo absoluto. Lo relativo pues yo no podía ignorar ya que no todo debía ocurrir en todas partes como en mi país de origen. Lo absoluto también pues el régimen totalitario en el que yo había crecido podía servirme en cualquier circunstancia de unidad de medida del mal. De ahí sin duda mi aversión simultanea hacia estos dos hermanos enemigos que son el relativismo del todo es igual y el maniqueísmo del blanco o negro

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