Occidente ha creído durante mucho tiempo que la modernidad era el triunfo de la razón, la destrucción de las tradiciones, los vínculos y las creencias, o sea la colonización de la experiencia vital por la previsión y el cálculo. Pero hoy, todos aquellos grupos sometidos a la élite ilustrada -trabajadores y colonizados, mujeres y niños- se han rebelado y se niegan a llamar moderno a un mundo que no reconoce sus experiencias particulares y su capacidad para acceder a lo universal. Así, quienes antes se identificaban con la razón, ahora lo hacen con la defensa de un poder arbitrario. ¿Hay que acabar con este dominio y reconocer una diversidad sin límites de las vivencias y las tradiciones? La huida al posmodernismo sólo manifiesta el agotamiento de la ideología que identificaba la modernidad con la racionalización

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