La obra de Guinzburg, escrita en 1976, El queso y los gusanos, no se trataba simplemente de un renacido gusto por lo biográfico y lo narrativo, sino de penetrar a través de la vida y las creencias de un molinero que tuvo que lidiar con la Inquisición en el mundo mental, los valores, el poder, el lenguaje, de una época. Por otra parte, liberados del corsé de los grandes paradigmas estructuralistas y de la determinación por la economía o la geografía, los historiadores comenzaron a aventurarse por terrenos antes poco transitados: la edad y el género, el trabajo y los rituales, el vestido y la comida, la comunidad y la fábrica, las pasiones y los gustos. Lo paradójico es que este renovado interés por microunidades, por comunidades locales o acontecimientos singulares, esta vuelta al sujeto, vino acompañado, también desde el segundo lustro de los años setenta, por el avance de los que usan el telescopio para dar cuenta de grandes procesos. Lejos de tirar a la basura los frutos del fecundo encuentro entre historia y ciencias sociales, no han dejado de aparecer obras que han estudiado fenómenos como la formación del Estado moderno, las revoluciones, los procesos de nacionalización, la aparición y consolidación de una economía-mundo. Perry Anderson y su Linajes del Estado absolutista es de 1979, mismo año en que apareció Estados y revoluciones sociales, de Theda Skocpol, seguidos de cerca por las fundamentales obra de Inmmanuel Wallerstein.

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